De la Izquierda Conservadora

Esta semana rompió nuestra monotonía universitaria las protestas del movimiento estudiantil contra la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior o, como se ha dado en llamar, contra el Plan Bolonia. Pero no pretendo aquí hablar de las reformas del sistema universitario sino de algunos de los movimientos sociales y partidos políticos, históricamente denominados de izquierdas, y su situación en la hora actual del mundo.

Al ver como muchos de mis compañeros se manifestaban al grito de “No a Bolonia” retomé una idea que había encontrado, hace unos años, leyendo a Giddens en su obra ‘Más allá de la izquierda y la derecha’ (1994). La cuestión que planteaba el sociólogo británico era que la izquierda hoy se ha vuelto conservadora, mientras que la derecha es ahora la radical y la que promueve los cambios. Por decirlo de otra manera, hoy por hoy, movimientos de izquierdas como lo han sido históricamente el movimiento sindical, ciertos partidos políticos (los que aún mantienen un cariz de izquierdas, no los partidos catch all) o el propio movimiento estudiantil, basan su acción en defender las prestaciones sociales existentes, en luchar contra los cambios que se avecinan, en mantener el Estado del Bienestar, etc. en decir “No al Plan Bolonia”. Por su parte, la derecha es la que lleva, en la mayoría de los casos, la iniciativa de los cambios. No pretendo entrar en el debate sobre lo bueno o lo malo de esos cambios y la necesidad de enfrentarse a ellos; sino resaltar el hecho de que actualmente la izquierda ha perdido, al menos en la práctica, una de sus principales características: defender el cambio social bien a través de reformas o de revoluciones. En fin, se ha dado la vuelta a la tortilla y la izquierda se ha quedado sin proyecto.

 Si ha habido un movimiento de izquierdas que ha tenido un peso fundamental durante la modernidad ese ha sido el movimiento obrero. Pues bien, al igual que el movimiento estudiantil gritaba esta semana en nuestra ciudad “No a Bolonia”, el movimiento obrero, de un tiempo a esta parte, ha tomado el NO por bandera: No a la directiva Bolkestein, No a la jornada laboral de 60 horas, No a la privatización, No a la perdida de derechos sociales, No a la jubilación a los 67 años…. Lejos quedó ya la época en la que los sindicatos reivindicaban cambios en el sistema productivo, mejoras de las condiciones de trabajo e incluso predicaban la revolución social. Por ejemplo, en España durante la primera mitad del siglo XX la CNT fue, sin duda, uno de los sindicatos con más fuerza. La CNT predicaba la necesidad de construir una nueva sociedad realmente libre, luchó por conseguir unas condiciones dignas de trabajo… y hasta impulsó la revolución libertaria durante la Guerra Civil; pues bien, actualmente otro anarcosindicato como es la CGT (escisión de la CNT) lanza su última campaña bajo el lema: “Por unos servicios públicos sociales y de calidad. NO (un No a tamaño descomunal en los carteles) privatizaciones, externalizaciones, degradación, precariedad”. ¡Nada de cambios, mantengamos lo que tenemos!, predican ahora los sindicatos y en general los movimientos de izquierda.

¿Qué ha cambiado para que el movimiento obrero se haya vuelto conservador? Como expresa el magnifico Sennett, la concepción del trabajo ha cambiado totalmente, el «capitalismo flexible» se caracteriza por atacar las formas rígidas de la burocracia y los males de la rutina ciega que habían predominado en el mundo laboral hasta la crisis del modelo fordista en los años 70. Pero para Sennett esa flexibilidad, beneficiosa a nivel productivo, es una nueva forma de opresión del capitalismo: la indiferencia personal que promueve el nuevo capitalismo (el fin de la responsabilidad colectiva), el fin de una trayectoria laboral continua y la pérdida de “una narración vital”, acaba dañando al individuo (corrompiendo su carácter) que tiene que vivir asumiendo continuos riesgos en un modelo flexible pero a la vez ilegible, lo que impide saber cómo se debe actuar o que va a pasar en el futuro. En suma, la caída del fordismo y la implantación del nuevo sistema postfordista, acabaron con muchas de las características del mercado de trabajo que hacían posible un sindicalismo fuerte.

Pero si, como dice Sennett, el  «capitalismo flexible» es una nueva forma de opresión, lo más lógico sería que a pesar de las dificultades el movimiento obrero, reformulando sus medios, hubiera mantenido su fuerza. Todo lo contrario, las tasas de sindicalización no han dejado de descender desde mediados del siglo XX en todos los países desarrollados. En los Estados Unidos se ha pasado de un 33,2% de obreros sindicalizados en 1955 a un 13% en el 2000. En naciones como Nueva Zelanda, por ejemplo, cayó de casi un 70 a menos del 23% entre 1980 y 2000, en Alemania, cayó de un 35 a un 25% en el mismo lapso, en Holanda de un 35 a un 23%, en Suiza de un 31 a un 19%. Lo mismo ha ocurrido en Latinoamérica: en Argentina la tasa de sindicalización cayó de un 67% a un 50% entre 1986 y 1995; en México cayó de un 43% a un 19% entre 1991 y 1997; en Costa Rica de un 29% a un 17% entre 1985 y 1995. Puede, entonces, afirmarse que ésta es una tendencia relativamente generalizada. Las excepciones son pocas; principalmente corresponden a países del norte europeo, si bien sus tasas también han empezado a descender en los últimos años.

Podemos haber relacionado en nuestras cabezas, con lo expuesto hasta aquí, la actual crisis del sindicalismo con el advenimiento del modelo flexible postfordista. Pues bien, no pretendo terminar así este bosquejo. Mi hipótesis es otra. La derecha es ahora la que predica el cambio y en gran medida la que implementa las políticas de trasformación (reitero que no intento evaluar esos cambios, ni esas políticas), y parece que esto le está dando relativo éxito. Sennett afirmaba en una entrevista, hace ya algún tiempo, que éste éxito actual de la derecha se deriva de que “le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces”. Entonces, podemos pensar, que ese éxito se debe a que la derecha y el «capitalismo flexible» ponen el énfasis en la responsabilidad de cada persona frene a su destino y eso triunfa en la actual sociedad postmoderna. El declive del movimiento sindical, y en mi opinión de buena parte de la izquierda, se entiende por su incapacidad de ofrecer alternativas al nuevo modelo postfordista y a la nueva realidad postmoderna. No es que las sociedades actuales hayan abandonado toda responsabilidad colectiva (otros movimientos sociales basados en la responsabilidad colectiva están teniendo un gran éxito, pensemos por ejemplo en el movimiento ecologista), sino que ya no se sienten identificados con un movimiento –el de la izquierda– que apenas ofrece nuevos caminos de lucha.  En otras palabras, los movimientos de izquierdas fracasan porque se han vuelto conservadores. La izquierda se ha quedado anquilosada defendiendo la estabilidad, el sistema fordista o el Estado de Bienestar, contra los que curiosamente había luchado durante años en aras de su mejora. Envueltos en tal contradicción (tradicionalmente valuarte del cambio y la revolución, actualmente en la práctica es conservadora y defensora de modelos tradicionales), la izquierda se ha visto abocada al fracaso.

 Bibliografía:

  • Giddens, Anthony. 1994. Más allá de la izquierda y la derecha. Madrid: Ediciones Cátedra.
  • Sennett, Richard. 2000. La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona: Anagrama.
  • Círculo de Bellas Artes. La sociología como una de las bellas artes. Entrevista con Richard Sennett, realizada por Carolina Del Olmo Minerva. Consultado en: http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minerva-LeerMinervaCompleto.php?art=47&pag=1#leer
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